¿Son necesarios los exámenes para obtener una buena educación?

(Por Javier Herrero).- Los exámenes, las notas o las clases obligatorias son elemenos esenciales de nuestro actual sistema educativo. Sin embargo, no está claro que estos elementos (que contribuyen a la creación de un clima de desconfianza y estrés) tengan un impacto positivo en la educación de nuestros hijos. De hecho, una educación que no contemple estos elementos puede ofrecer resultados satisfatorios para los alumnos y la sociedad en general.

La situación actual de incertidumbre y cambio acelerado (tecnológico, ambiental, económico y político) a la que está sometida la cultura en que vivimos requiere una redefinición completa de la función de la educación en nuestro tiempo.

Pero la expresión “redefinición” no significa “reforma”.

No podemos solucionar los problemas utilizando la misma manera de pensar con que los hemos creado, nos enseña Albert Einstein; por eso, necesitamos estructuras educativas radicalmente distintas que faciliten nuevos patrones de relación humana y nuevas maneras de mirar al mundo, de mirar al otro; incluso de mirarse a uno mismo.

El documental “La educación prohibida” explica el nacimiento y los objetivos a los que sirve el modelo educativo desarrollado durante la era industrial; un modelo que, en su esencia, continúa funcionando bajo ciertos presupuestos (los de la civilización industrial) que, en opinión de muchos, ya están caducados debido al agudo giro en cuanto a las prioridades críticas que la humanidad ha de afrontar en los próximos años en lo que a su supervivencia como especie se refiere.

En esta ocasión centraremos el foco en uno de los presupuestos esenciales subyacentes al modelo educativo industrial (vigente desde el siglo XVII) que es el de las clases obligatorias y la evaluación mediante exámenes y calificaciones. Mediante estas herramientas, los administradores del sistema industrial pretenden confirmar que los estudiantes dominan una serie de conocimientos que consideran el conjunto de saberes que permitirán a los jóvenes desenvolverse en el mundo adulto.

Sin embargo, me pregunto, como tantísimas otras personas se preguntan al mismo tiempo, si la evaluación mediante exámenes y calificaciones dispone de validez[1] como instrumento de “medición” del conocimiento y de las destrezas de los niños y jóvenes. Esto es, si lo que lo que miden los exámenes  es lo que dicen medir. También me pregunto si estos instrumentos de medición que son los exámenes disponen de la fiabilidad[2] suficiente, esto es, que si midieran lo que dicen medir, lo medirían sin errores. Esta última prueba es sencilla de realizar sólo con exponer a un mismo examen a un mismo grupo de alumnos con un intervalo de tiempo de, pongamos, unos tres meses y cotejar los resultados. Todas las personas a las que he consultado sobre este asunto coinciden en su percepción subjetiva de que ni los exámenes son capaces de medir lo que un estudiante sabe, ni –además- lo hacen con una mínima estabilidad.  Por otro lado, la educación de una persona es algo más que un cierto procesamiento de información. Intentar medir lo vivo es como intentar retener la arena de la playa en nuestras manos: al intentarlo, se nos escapa entre los dedos. Y la vida y lo vivo como referencia es uno de los elementos fundamentales de la era post-industrial ecológica. Por lo tanto, tal como afirma Fritjof Capra, los análisis cuantitivos son absolutamente insuficientes para enfrentarse a la caracterización de los sistemas vivos.

Sin embargo, los exámenes y las calificaciones siguen siendo uno de los engranajes fundamentales del sistema educativo industrial dominante en nuestra sociedad. Y uno de sus múltiples efectos perversos resulta ser que los estudiantes estudian para pasar el examen y no para comprender el contenido. Otro, es que este sistema inocula el germen de la desconfianza en toda la institución educativa y esa desconfianza acaba formando parte de la esencia de las relaciones humanas que allí dentro se desarrollan y que revierten después al conjunto de la sociedad. Además, de proveer a toda la experiencia “escolar” de los niños y jóvenes de un estrés que no sólo no facilita el aprendizaje, sino que lo impide. Vivir en un entorno educativo basado en la confianza cada ver más se demuestra que no sólo es más sano física y emocionalmente; sino también más productivo y menos costoso.

¿Es posible una educación sin clases obligatorias ni exámenes ni notas? ¿Es viable? ¿Es posible que los estudiantes puedan aprender por voluntad propia sin ser forzados a ello? Si alguien es expuesto a una educación tal, ¿qué será de su vida?

Estas preguntas pueden resultar “anatema” para muchas personas cuya perspectiva está impregnada únicamente de sus experiencias con el sistema educativo industrial. Pero de igual manera que Newton fue capaz de desarrollar todo un modelo físico que revolucionó el corpus científico de la época y pudo “ver más lejos porque estaba sentado sobre hombros de gigantes” (en referencia a científicos como Copérnico, Kepler o Descartes), es necesario que quien se adentre en la comprensión del nuevo paradigma que está emergiendo en eleve la vista sobre su actual horizonte educativo industrial para poder ver más allá y comprender nuevas realidades relativas a la naturaleza de los seres humanos, a nuestra civilización y a nuestro común destino como especie.

De hecho, los datos que se aportan a continuación pueden arrojar luz sobre el dogma implícito de que las personas no pueden aprender si no se las obliga a ello, el dogma de que es necesario controlar mediante exámenes y calificaciones sus aprendizajes para no restarles oportunidades en el futuro. Estos datos proceden de las investigaciones realizadas a partir de una experiencia educativa que se inició hace ya casi medio siglo y que continúa vigente de manera exitosa, como veremos a continuación.

Sudbury Valley es un experimento educativo cuyo propósito es que “cada estudiante sea digno de una confianza total para tomar sus decisiones en cuanto a cómo desarrollarse desde niño hasta la edad adulta, buscando tanto apoyo y ayuda como necesite.”(p. 9)[3] El principio básico de este experimento educativo  es que “si a las personas se les permite seguir sus instinto innatos para incrementar su comprensión del entorno, el resultado será una vida de intensa exploración y crecimiento (…) se confía en cada estudiante para que construya su visión única del mundo a través de la interacción entre su curiosidad innata y la experiencia (…) El regalo de una confianza tan completa crea adultos que sienten que tienen control sobre sus propias vidas, adultos que tienen un alto grado de confianza en sí mismos.” (p. 9) Y aquí, confianza significa responsabilidad.

Sudbury Valley es un experimento educativo con casi medio siglo de historia donde “las personas deciden por sí mismas cómo utilizar su tiempo. Aquí, estudiantes de todas las edades deciden qué harán, así como cuándo, cómo y dónde lo harán.

Las premisas de este experimento son simples:

  • que todas las personas son curiosas por naturaleza,
  • que el aprendizaje más eficiente, profundo y duradero tiene lugar cuando es iniciado y continuado por el propio aprendiz,
  • que todas las personas son creativas por naturaleza si se les permite desarrollar sus únicos talentos,
  • que la mezcla de edades entre los estudiantes promueve el crecimiento de todos los miembros del grupo
  • y que la libertad es esencial para el desarrollo de la responsabilidad individual.”[4]

En la práctica esto significa un ambiente educativo para niños y jóvenes a partir de los 4 años de edad en el que no existen la mayoría de los elementos esenciales del modelo educativo industrial predominante en nuestras sociedades: no hay clases obligatorias, no hay exámenes, no hay notas, no hay segregación por edad, los alumnos tienen acceso pleno a la toma de decisiones en igualdad de condiciones que el resto de personas de la comunidad educativa,…

Es especialmente interesante este experimento educativo porque pone a prueba al mismo tiempo prácticamente todos los presupuestos básicos del modelo educativo industrial con un planteamiento muy similar al modelo educativo de “unschooling” (aprender sin escuela).[5]

En Sudbury Valley han desarrollado varios estudios interesándose por la experiencia vital de los niños y jóvenes que pasaron toda su “vida escolar” en un ambiente tan diferente del ambiente educativo industrial dominante en nuestra sociedad. En este texto vamos a analizar sólo una parte de los resultados del primero de estos estudios, publicado en 1992 bajo el título de “Legacy of Trust” y dirigido por Daniel Greenberg (Doctor en Física) y Mimsy Sadosfsky, ambos miembros del equipo fundacional del proyecto de Sudbury Valley hace 44 años.

Este estudio se realizó sobre 188 antiguos alumnos. Los criterios para la selección de los individuos de la muestra fueron: abandonar Sudbury Valley después de los 9 años, llegar antes de los 21 años, estar en contacto permanente durante -al menos- un año y, por último, tener más de 20 años, y haber abandonado Sudbury Valley, -al menos- dos años antes del comienzo del estudio.

El estudio dividía a los individuos de la muestra en tres grupos:

  • 27 de ellos pasaron toda su vida en Sudbury Valley; son los alumnos “de toda la vida”;
  • 136 que abandonaron durante los años de secundaria; son los “alumnos a largo plazo” y
  • 25 que dejaron Sudbury Valley antes de los años de la secundaria; son los “alumnos a corto plazo.”

En este resumen sólo ofreceremos datos de las personas que han tenido una experiencia suficientemente dilatada en este experimento educativo: el primer grupo de “toda la vida” y aquellos del segundo grupo que vivieron esa experiencia durante 5 o más años (21 personas).

Los alumnos de “toda la vida”

Podría decirse que los alumnos “de toda la vida” tuvieron a Sudbury Valley como única experiencia. Entraron antes de los 10 años y permanecieron hasta que alcanzaron un nivel de madurez suficiente como para trasladarse a un nivel educativo posterior a la secundaria. Su permanencia media en Sudbury Valley fue de unos 12 años y su edad media en la fecha del estudio era de 26 años.

La investigación mostró los siguientes resultados con este grupo en relación a su posterior educación:

  •  El 93% de estos estudiantes “de toda la vida” decidieron seguir clases formales de nivel posterior al secundario para profundizar su educación. (p. 31)
  • El 52% completaron los requisitos para obtener 1 ó más títulos universitarios. (p. 34)
  • El 63% estaban pensando, en el momento del estudio (la edad media era de uno 26 años) en continuar su educación. (p. 39)

Algunos de los comentarios típicos de estos antiguos alumnos sobre su experiencia educativa posterior fueron:

  • “Estaba más interesado en aprender y no tanto en las notas”
  • “Creo que era académicamente más responsable que mis compañeros de primer año de facultad.”
  • “Descubrí en la universidad que la mayoría de los otros alumnos tenían más dificultades para adaptarse. Yo tenia iniciativa y disciplina.”
  • Ninguno de los estudiantes expresaron dificultad alguna para entrar en la universidad.

En relación al mundo laboral, dado que son aún jóvenes adultos, aún no era momento para saber hacia dónde enfocarían sus carreras profesionales, pero se percibe un amplio rango de intereses diversos.

  • El 52% tiene su propio empleo, ya porque haya montado su propia empresa, ya porque funcione como autónomo.
  • Al estudiar la conexión entre los estudios posteriores realizados por estos alumnos y el trabajo que desempeñan, parece que “esa educación formal juega dos papeles diferentes en la vida de estas personas. Primero, como podría esperarse, utilizan las instituciones educativas para una formación vocacional que les prepare en sus carreras, normalmente en la que se necesita una certificación. Pero, además, muchos de ellos parecen disfrutar de seguir algún interés académico totalmente desvinculado de sus ocupación simplemente por el placer de satisfacer su curiosidad.” (p. 37)

Algunos comentarios personales de estas personas sobre el trabajo fueron:

  • “Disfruto de la flexibilidad y la libertad de trabajar para mí mismo, así como de la disciplina y la concentración que requieren los proyectos creativos.”
  • “Soy muy feliz con mi trabajo.”
  • “Me gusta ser mi propio jefe por la flexibilidad y el control de que dispongo.” (p. 33-34)

Los alumnos “a largo plazo” (5 ó más años de vivencia en Sudbury Valley)

Este grupo entró a formar parte de Sudbury Valley a partir de los 10 años. Permanecieron al menos 5 años y abandonaron en torno a los 18 años. Éste también era un grupo muy joven en la época del estudio. Se puede decir que en el conjunto de su experiencia educativa, recibieron una fuerte influencia de este modelo.

  • El 90% de estas personas decidieron seguir clases formales para profundizar su educación. (p. 76)
  • El 33% completaron los requisitos para obtener 1 ó más títulos universitarios. Uno de ellos entró a la universidad a los 17 años siendo el más joven de primer curso. (p. 76)
  • El 52% estaban pensando en continuar su educación. (p. 80)

Algunos de los comentarios típicos de estos antiguos alumnos sobre su experiencia educativa posterior fueron:

  • “Me siento molesto  por ser tratado como un niño en la facultad. Soy  responsable y no merezco ser tratado así”
  • “Creo que estaba mucho más motivado que la mayoría en la facultad y mucho más concentrado.”
  • Una persona que nunca asistió a clases formales en Sudbury Valley comenta que cuando fue a la facultad: “Estaba preocupado por mi base académica, así que tuve que trabajar terriblemente para lograr las mejores calificaciones.” (p. 79-80)

En relación al mundo laboral, este grupo, también muy joven aún, muestra igualmente un amplísimo rango de intereses. Este grupo muestra “un fuerte vínculo entre los campos de estudio elegidos y los trabajos en los que están involucrados en el presente, con sólo unas pocas excepciones. Este grupo sabía claramente por qué quería estudiar.” (p. 77)

También es interesante mostrar algunos datos comparativos entre los grupos estudiados:

Alumnos que atendieron escuelas de nivel posterior al secundario: (p. 242)

Toda la vida

5 años

3-4 años

2 años

1 año

93%

90%

90%

80%

83%

Alumnos que recibieron títulos universitarios: (p. 243)

Toda la vida

5 años

3-4 años

2 años

1 año

52%

33%

40%

32%

42%

Es interesante ver en estas tablas que las personas que estuvieron más expuestas a este modelo sin clases obligatorias, sin exámenes, ni calificaciones muestran porcentajes mayores de evolución educativa y de titulaciones universitarias que quienes estuvieron menos expuestos a este modelo.[6]

Algunos comentarios adicionales que merece la pena destacar de este estudio son:

  • “Los padres que enviaron a sus hijos a Sudbury Valley  no provienen de un segmento de la población en el que las escuelas privadas son la norma”.
  • “Prácticamente ninguna persona que no esté estudiando al mismo tiempo, está trabajando en un empleo no cualificado.”
  • “Un porcentaje muy elevado está trabajando en su propio negocio. Un porcentaje sorprendentemente alto ha estado empleado en uno u otro momento en el comercio.”
  • “Casi una cuarta parte del grupo ha estado involucrado en la enseñanza.”
  • “Un gran número de estas personas están involucradas profesionalmente en las artes.”
  • “Quizá, el dato más significativo de todos es que el 42% han estado involucrados en actividades como emprendedores o autoempleados (…) una vívida demostración de la primacía dada a la iniciativa y responsabilidad individual.”
  • “A menudo se acercan a las instituciones de alto nivel educativo de una manera que pone de manifiesto que están trabajando en los campos en los que están comprometidos, que tienen una comprensión profunda de las áreas en las que quieren estudiar y que muestran madurez, responsabilidad y la habilidad necesaria para aprender material complejo. La tendencia también parece ser tomarse la educación formal de una manera más relajada que la mayoría, no como una dosis de medicina que ha de acabar a los 22. Es una parte orgánica del flujo de sus vidas.”
  • “Ya hemos señalado que no es posible para un estudio como este u otro similar proporcionar una respuesta definitiva a la pregunta de cuál es la influencia de Sudbury Valley en el curso de la vida de una estudiante. Pero sí es posible responder a una pregunta más limitada: ¿Afecta qué una persona atienda a Sudbury Valley, ya sea por un plazo de tiempo corto o largo, a las opciones disponibles para esa persona? Los datos presentados en este estudio no dejan duda alguna de que la respuesta es “NO”: los antiguos alumnos de Sudbury Valley disfrutan del completo abanico de posibilidades vitales disponibles para cualquier otro grupo de personas jóvenes que salen al mundo. Y disfrutaron de una infancia de libertad, respeto y confianza.” (p. 249 -250)

Los datos aquí mostrados ponen de manifiesto que una educación basada en la confianza y el respeto puede ser exitosa en el sentido de satisfacer las ne

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