Cuatro espacios sagrados
Extraido de ulyselba.blogspot.com/Autor: Ulises. Crear grupos y proyectos sólidos, en los que la eficiencia se conjugue con un absoluto cuidado por los procesos y por las personas, no es algo evidente, ni algo que se pueda hacer sin una necesaria preparación. Crear comunidad es un arte que requiere conocer ciertas técnicas y adquirir algunas habilidades.
Si en un artÃculo anterior hablaba de la Tabla de Elementos Esenciales para crear comunidad, dividida en cuatro cuadrantes (Intención, Comportamiento, Cultura y Estructuras) con sus correspondientes requisitos, aquà me quiero centrar en el tema de las estructuras necesarias que todo grupo debe crear para una buena organización y funcionamiento.
Al crear estas estructuras, y hacerlas visibles para todos, el grupo profundiza en su práctica democrática y previene la aparición de insidiosas estructuras invisibles de opresión que favorecen a ciertas personas en detrimento de otras. Su importancia es tal que deberÃamos plantearnos seriamente otorgarles un valor sagrado. Al menos en el sentido de ser espacios que escapan a las relaciones cotidianas y se rigen por un espÃritu de servicio hacia un bien superior. De ahà la necesidad de establecer algún ritual para su inicio y cierre que nos recuerde que estamos entrando en un espacio colectivo y que podemos dejar los egos fuera.
A lo largo de varios años como facilitador de grupos he identificado cuatro grandes espacios que deberÃan estar presente en todo grupo que aspire a convertirse en una auténtica comunidad: 1. la Asamblea, o espacio para la toma de decisiones; 2. el Foro, o espacio para la gestión de emociones; 3. el Taller, o espacio para la indagación colectiva, creativa y artÃstica; y 4. el CÃrculo, o espacio de celebración y reconocimiento de los éxitos colectivos, espacio que se expresa en el silencio de una meditación compartida, en el canto y el baile de una danza de paz, en el ritual con el que acogemos la luna llena, en el banquete con el que festejamos una fecha importante, o en la alegrÃa de una fiesta o de un acto lúdico.
Si en la asamblea prima la mente y la razón, como principal facultad humana para el análisis y el juicio, en el foro prima el corazón, la expresión emocional y el descubrimiento de las fuerzas que actúan a través de nuestros actos inconscientes; mientras que en el taller damos paso a la sabidurÃa del cuerpo y de la palabra que emerge desde el profundo interior del grupo; y en el cÃrculo compartimos desde la unidad que subyace toda palabra, todo gesto.
Todos estos espacios o estructuras son necesarias para la completa expresión grupal y, por tanto, para facilitar que un grupo alcance sus objetivos. En una cultura como la nuestra, que favorece el discurso racional sobre otras formas de expresión, sólo la asamblea ha alcanzado el reconocimiento necesario que le permite estar presente en todos los grupos y proyectos como espacio para la toma de decisiones. Los otros espacios apenas existen o lo hacen de una manera desvirtuada y ajena a su verdadero propósito (como ocurre con el espacio de celebración, cuando recurrimos a cualquiera de las muchas drogas en venta para ponernos a tono — en lugar de fomentar el sentimiento de unidad e interconexión propios de este espacio, las drogas asà tomadas nos llevan a un estado de solipsismo y separación).
De esta manera nuestra cultura privilegia una forma de ser, la de la persona hábil en el uso de la palabra y el discurso convincente, en detrimento de otras personas y formas expresivas igualmente valiosas y necesarias. Sin embargo, un grupo que no deja espacio para la expresión emocional está condenado a dejarse arrastrar por fuerzas que ninguna razón individual puede comprender ni detener, generando insatisfacción y probables abusos de poder. Igualmente, un grupo que no deja espacio a la creatividad y la expresión artÃstica por considerarlas una niñerÃa o una pérdida de tiempo, bloquea de esta manera el acceso a una información y conocimiento que sólo pueden surgir más allá de los estrechos lÃmites en los que se mueve el discurso racional. Por último, un grupo que no celebra sus logros y su propia existencia como grupo, y que no reconoce las muchas maneras en que sus miembros contribuyen al bienestar y objetivos grupales, está condenado a la tristeza y a la perdida de cohesión grupal.
Priorizar la asamblea decisoria como único espacio de reunión y de expresión grupal supone automáticamente la marginación de aquellas personas que pueden hacer una gran contribución al grupo, aunque no sea a través de la palabra y el discurso bien articulado. Supone la marginación y exclusión de personas con un gran corazón y capacidad compasiva que podrÃan actuar como verdaderos élderes en caso de tensión y conflicto. Supone la marginación y exclusión de personas muy creativas, tal vez con ideas locas y para muchos incomprensibles, pero que pueden aportar un granito de verdad que abra puertas en momentos de ofuscación y de falta de caminos. Supone finalmente la marginación y exclusión de personas alegres, divertidas, o tal vez silenciosas e introvertidas, que pueden poner un punto de humor, de diversión, de alegrÃa en nuestras vidas, o tal vez de silencio, de conexión con lo que existe, con la naturaleza y con el ser profundo de las cosas, y traer paz y ecuanimidad cuando el grupo más lo necesita.
En la actualidad conocemos bien los lÃmites de la razón a la hora de tomar decisiones personales. Afortunadamente mecanismos intuitivo-emocionales que actúan tras el telón de la mente racional nos ayudan a tomar decisiones que la simple razón jamás podrÃa encontrar. Es hora de traspasar este conocimiento a los grupos y proyectos en los que estamos inmersos. En un mundo que se revela cada vez más complejo y lleno de incertidumbre, la capacidad de la razón humana para dar respuesta a los múltiples desafÃos que debemos enfrentar es bastante reducida, además de verse negativamente afectada por un campo grupal recorrido por emociones tristes, por fuerzas violentas llenas de frustración y rabia. Si no se presta atención al campo emocional de un grupo, si no utilizamos el foro para ganar conciencia de las fuerzas que nos atraviesan, de los bloqueos que nos impiden avanzar, de nada sirve una asamblea. Nunca será la mejor decisión posible. E incluso, con una buena gestión emocional, el destino del grupo se revelará incierto en muchas ocasiones. Y de nuevo será necesario expandir los lÃmites de la razón, ahora a través de la creatividad, el arte o el juego.
Por eso el taller, o espacio de indagación colectiva, resulta un apoyo imprescindible en la toma de decisiones. Permite dar cabida a más voces, especialmente las de aquellas personas que no se terminan de llevar bien con el discurso coherente de la razón, pero que son capaces de ‘ver’ más allá, de conectar con ideas que rompen el marco de razonamiento existente y dan lugar a nuevos caminos o soluciones, aunque a veces estas ideas se expresen a través de una palabra entrecortada que surge directamente del corazón, o de la mano de un pincel que parece tener vida propia. Por último, en el cÃrculo de celebración, en el silencio de la mañana, en el canto y la danza del atardecer, en el ritual del crepúsculo o en la fiesta nocturna, el grupo se reconoce como tal, se capta en su esencia y en su totalidad, y desde ahà una información tan sutil como necesaria se posa suavemente en cada uno de sus miembros.
Cuando en la asamblea siguiente, alguien diga tengo una idea, que sepa que probablemente esa idea se gestó en un cÃrculo de celebración, vio la luz en un taller de descubrimiento, y limpió su carga negativa en un foro de gestión emocional.
Pie de foto: Celebrando la unidad bajo la maloka, en ecoaldea la Atlántida (Colombia).
Ver este artÃculo en el blog: http://ulyselba.blogspot.com/2012/02/cuatro-espacios-sagrados.html
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